“Ruido, coches, bocinas, sirenas,
atascos, humo, gente con “millones” de bolsas encima, gente corriendo
apresurada hacia el metro, miro sus caras y veo mal humor, casi me dan miedo.
Alguien me empuja y estoy a punto de caer al suelo. Intento
tranquilizarme, ya sabía a dónde venía, esta es una gran ciudad como otra
cualquiera, no importa su nombre, todas son iguales. Me giro y abordo a otra
mujer: “Por favor, ¿podría indicarme dónde queda este hotel?” Y por enésima vez
la persona ni siquiera se molesta en mirar mi papel, farfulla un: “Tengo mucha
prisa” y se va. Y yo me pregunto a dónde tendrá que ir toda esta gente para que
no puedan ni responderme.” Imagino que muchos de vosotros os habréis podido
sentir identificados con esta situación, así es la sociedad en la que vivimos, apresurada,
ruidosa y poco humana.
Y, como he venido observando, una
de las válvulas de escape que tienen muchos para aliviar este estrés son las compras. Se divierten comprando
cualquier cosa, ropa, muebles, utensilios de cocina (muchos de ellos, todo hay
que decirlo, de utilidad dudosa). Da igual que lo necesiten o no, todo se
reduce al simple hecho del “placer inmediato de comprar” que yo nunca he
llegado a comprender demasiado bien. Sé que me salgo del estereotipo, soy mujer
y no, no me gusta comprar. Me aterra que lleguen las rebajas porque mi madre
siempre me insta a que vayamos “a ver si hay algo”. Es entrar en cualquier
tienda de ropa y ver a miles de mujeres, porque sí, lo reconozco, la mayoría
son mujeres, haciendo cola en el probador, en la caja, peleando por una simple
camiseta (que seguramente ni les gustará, pero que está más rebajada que el
resto) y ya se me pone piel de gallina. Después de varias horas terminas tus
compras, llegas a casa y empieza otro gran dilema, el no tengo sitio. Para mí,
haciendo balance, los contras superan con creces a los pros, prefiero ir a
comprar algo concreto que necesito, acabar rápido e intentar no resultar herida
en el proceso.
Otra vía de escape, es internet, tan de moda hoy en día. La
red virtual te permite evadirte de la realidad por un rato, conectar con tus
amistades y un sinfín de posibilidades más. Pero como todo, hay que saber
utilizarlo, ya que creo que todos somos conscientes de las horas que se pueden
perder si te pones delante de la pantalla: Podemos empezar por revisar nuestras
redes sociales: Tuenti, Facebook, Twitter, Tumblr… hablas un rato con la gente
y después te dejas caer por series.ly, por comprobar si ha salido algún
capítulo de una de las múltiples series que estás siguiendo, en el caso de que
encuentres alguno pasarás unos cuarenta y cinco minutos viéndolo. A todo esto
que miras el reloj y ahí empiezan las lamentaciones, es tardísimo y tenías que
haber hecho miles de cosas, habías entrado en internet a mirar ADI y
descargarte unos archivos y has terminado haciendo de todo menos eso. Ese es
uno de los peligros de la red, en mi caso, el que más me afecta.
Y claro, después de pasar tanto
tiempo de compras o en internet te das cuenta de que no llegas, así que vas
corriendo a coger el metro, te agobias porque llegas tarde y no eres capaz de
indicarle el camino a una chica perdida que te pregunta por… ¿por qué te estaba
preguntando? Y este es el mayor problema de todos: vivimos absortos en
demasiadas cosas a la vez. Algunos viven en el pasado y la mayoría en el futuro
más inmediato, pero parece ser que muy poca gente vive realmente en el
presente. Vives con la sensación de que no te va a dar tiempo y haces todo
atropelladamente de manera que seguro tienes que revisar ese trabajo en un
futuro ya que habrás cometido errores y efectivamente no te da tiempo. Te
estresas. Si fuésemos paso a paso, primero una actividad y luego otra,
dedicándole todo nuestro mimo y atención, viviendo realmente el presente, se
solucionarían muchos de los agobios y tal vez así podrías indicarle con una sonrisa
que el hotel que busca está al final de la calle.