El otro día, mientras comía junto
al mar, escuché a un anciano hablar de la guerra que le había tocado vivir. La
idea de guerra se mezcló con el salitre del ambiente y a mi mente acudieron imágenes
en blanco y negro. Chavales vestidos de soldado con trajes pasados de moda.
Coches antiguos abandonados. París en llamas. Guernica destrozado. Y me di
cuenta de que para mí la palabra "guerra" era vieja. Evocaba cosas
antiguas...
Pero este momento terminó pronto ya que llegó el postre y parece que el olor a chocolate dulcificó al señor. Pasó a conversar de temas más ligeros y yo con él me deshice de la sensación de malestar. Terminé mi comida y me dirigí a casa. Como siempre, encendí mi ordenador y abrí las numerosas redes sociales que consumen mi tiempo últimamente. Y "pum"... ahí estaban:
Pero este momento terminó pronto ya que llegó el postre y parece que el olor a chocolate dulcificó al señor. Pasó a conversar de temas más ligeros y yo con él me deshice de la sensación de malestar. Terminé mi comida y me dirigí a casa. Como siempre, encendí mi ordenador y abrí las numerosas redes sociales que consumen mi tiempo últimamente. Y "pum"... ahí estaban:
Estas fotografías me golpearon
con todo su color. Con toda su actualidad. Y con toda su crudeza. Fotografías que
contradicen abiertamente mi sensación con respecto a esa fea palabra de la que
hablaba antes. Las miré y la guerra
se volvió algo actual. La sensación de malestar se instaló de nuevo y me abofeteó
la realidad: ella nunca ha pasado de moda. Los trajes pueden ser distintos. El
color de piel de la gente que la sufre también. Pero eso qué más da. Ella sigue
ahí. Nunca se ha ido y me duele pensar que nunca lo hará. Siempre habrá alguien
poderoso que diga que el vecino es tu enemigo, que seguro que te quiere muerto
y que mejor le vayas matando tú a él por si acaso.
No sé si a ti te dirán lo mismo estas
imágenes. Pero a mí me remueven. Me ponen del revés. Hacen que me enfade. No,
mejor, hacen que me hierva la sangre. Y a la vez me ponen profundamente triste.
Triste por darme cuenta de que, como seres humanos, hemos avanzado poco o nada. Pero
en concreto hay una cosa con la que no puedo: la indiferencia. La nuestra. Nosotros, los privilegiados a los que no
nos ha tocado esta moda de matarnos porque sí. Nosotros, gente de bien, vivimos
en nuestras civilizadas ciudades y nos compadecemos mucho. Discutimos. Discutimos
de política, sobre la que poco sabemos. De fútbol. De los famosos de turno. Discutimos
por hacer algo. Lloramos. Lloramos porque ella es más guapa o más delgada o
alguna gilipollez por el estilo. Gilipollez que alguien, al que poco le
interesaba nuestro bienestar, nos metió en la cabeza . Problemas del primer
mundo. Asuntos que nos mantienen ocupados en nuestro día a día. Vivimos
engañados pensando que estamos en paz. Que a nosotros eso de la guerra nos
pilla lejos.
Y mientras tanto, ellos, los
migrantes. Los que no han tenido tanta suerte. Ellos intentan saltar la valla.
Prueban suerte cruzando el mar Mediterráneo, en una barcaza precaria. Recorren
toda Europa a pie con tal de llegar. ¿De llegar a dónde? A donde sea. Todo con
tal de huir. Todo puede ser mejor que lo que dejan atrás. Solo quieren vivir.
¿Quién puede echarles en cara eso? Imagina por un momento cómo tiene que ser tu
vida para que la posibilidad de morir en mitad del mar, de quedar parapléjico
al caer de la valla, de ser capturado y vendido por una mafia... para que todas
esas posibilidades te parezcan aceptables. Ellos no dudarían en confirmar que
la guerra es un tema de actualidad.
Pero nuestra indiferencia es
brutal. Creemos que ignorando el problema este va a desaparecer. ¡Qué actitud
más infantil! En vez de ayudarles, hacemos las fronteras más sólidas cada día
que pasa. ¿Por qué actuamos así? Tenemos miedo. Sé que, en el fondo, es solo eso.
Miedo a lo diferente. Yo conozco bien ese miedo porque un señor, desde su
mansión, siempre se ha encargado de decirnos que ellos son gente de mal. Que lo
único que quieren es hacernos daño, robar nuestro preciado dinero y apoderarse
de nuestra tierra. Que lo mejor es ignorarlos y subir la altura de la valla. Y
así ya se irán muriendo y nos quitamos el problema de encima. Yo conozco bien
ese miedo porque lo he vivido, porque esa idea se me metió en la cabeza como a
cualquiera de nosotros. Y así se crea el odio. Y en beneficio de unos pocos nos
matamos muchos.
Pero ya me he cansado de escuchar
a estos señores, porque sin querer un día miré a la cara a una persona que
estaba trepando la valla. Miré a esa chica que llegaba en patera, mojada y
asustada con su bebé en brazos. Miré y vi la felicidad de un chaval al pisar
suelo español pensando que a partir de ese momento todo iría bien. Y entendí
que son esos señores que te cuentan historias de miedo desde pequeño los que hacen
la guerra y no esta gente que llega con lo puesto. Comprendí que yo ya había
elegido mi bando. Porque no me quedaba otra. Yo me quedo con las personas, con la vida. Con dejar el mundo un
poquito mejor de cómo te lo has encontrado. Quiero que "guerra"
realmente se convierta en una palabra vieja, maltrecha y sin sentido.
Seguramente me llaméis ilusa,
pero no me importa, ya no. Y sinceramente espero que alguno de vosotros, si es
que no lo habéis hecho ya, os detengáis y miréis. Y por favor, contadme qué
veis.
La segunda imagen es de Anna Surinyach. Carezco de la información del resto de autores. En ningún caso son mías.




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