Para
este ensayo nos pidieron que hablásemos sobre la gente joven, en definitiva
sobre nosotros mismos. Mi cabeza se puso a pensar sobre qué podía decir yo de
la juventud de hoy en día, si me remito a los datos que nos ofrecen los medios
de comunicación la situación no es muy optimista: vagos, borrachos, ninis… En
seguida vi que yo no me reconocía en esa descripción y mi pensamiento fue un
poco más allá, empecé a mirar a mi alrededor y os diré lo que vi:
Vi
que falta curiosidad. Esta verdad me
explotó en la cara una noche de esas en las que tienes una conversación
“profunda” con tus amigas y una de ellas dijo que nunca se había planteado si
existía vida inteligente fuera de la Tierra. Os podéis imaginar mi cara de
sorpresa. En mi caso particular, la frase “la curiosidad es el motor que mueve
el mundo”, ha sido como un mantra. No me enorgullezco de ello, simplemente soy
así, siempre me he preguntado por el por qué de las cosas desde que tengo uso
de razón. Desde ese día he estado más atenta y he llegado a la conclusión de
que a los jóvenes de hoy en día les incomoda pensar. Pensar hace que te des cuenta de que no todo es tan bonito como nos lo vende la publicidad con la que
nos han criado. Pensar te diferencia del resto y reconozcámoslo da miedo ser
diferente, por muy de moda que esté ahora. Porque -y esto es lo que más pena me
da- ser diferente se está convirtiendo
en una moda: véase la incoherencia e ironía del asunto. Y no sé si no se
dan cuenta de que todos siguen el mismo patrón, que es, al fin y al cabo, la definición
de moda. Huyen de lo común para imbuirse en un mundo que se está volviendo
común. Yo nunca he encajado en una moda en concreto, nunca he encontrado mi
sitio propiamente dicho. Casi todo el mundo a mi alrededor puede decir que es
“pijo”, “moderno”, “friki”… Es curioso, siguen esas modas en su totalidad y
ninguno se identifica con alguna que no sea la suya propia. Ahora es cuando estoy empezando a darme cuenta de que quizás no encontrar alguna que me defina
totalmente es porque mi sitio es el mío propio y no un estereotipo impuesto por
la sociedad. ¿Por qué mi personalidad tiene que estar reflejada en un marco que
todo el mundo alaba y sigue? Yo soy yo, picoteo de un sitio y de otro y con eso
voy construyéndome, soy un poco “pija” en determinados aspectos, bastante más
“friki” en otros muchos y lo que me queda por descubrir. Esta situación es
parecida al hecho de afiliarse a un determinado partido político: puedes estar
de acuerdo en la mayoría de los puntos sobre los que trata su pensamiento pero,
en mi opinión, es imposible coincidir en todo, pensar exactamente igual al
resto en todo. Deberíamos atrevernos a pensar por nuestra cuenta porque solo
así podremos vivir nuestra propia vida.
Vi
que se busca diversión fácil. Con
esto me refiero a que, teniendo la televisión, ¿quién se va a dedicar a leer un
libro? Esto último requiere un esfuerzo adicional que muchos no están
dispuestos a hacer. La mayoría de jóvenes argumentan que no les recompensa, que
para eso ven una película, que no digo yo que no sea valiosa, pero no puede
aportarte lo mismo que un libro. Con este último, por una parte aprendes a
estructurar tu pensamiento y a estimularlo, te creas tu propia película y la
imaginación se desarrolla. Por otra parte la ortografía se graba a fuego en tu
cabeza, difícilmente escribirás faltas ortográficas si eres un asiduo lector.
Otra fuente de diversión fácil es el alcohol y las drogas. Muchos las necesitan
para pasarlo bien, por diferentes motivos: les asusta ser ellos mismos o quizás
quieren olvidar o huir de algún hecho de su vida. Es cierto que en muchas
ocasiones no sabemos enfrentarnos a nuestros problemas y elegimos la salida
más fácil. Lo que es más preocupante es que muchos de nosotros se refugien
constantemente en esas sustancias y que sin ellas sean totalmente incapaces de
divertirse, incapaces de ver el peligro real que conllevan. Si algo
es característico de nosotros los jóvenes es que no ven los riesgos, o por
lo menos la gran mayoría no lo hace, por muy común que suene. Es el vivir
día a día, muchas veces pensando que lo aprovechamos “a tope” y la mayoría de
las veces malgastándolo.
Y
por último vi un cambio de mentalidad
comparada con el de la generación anterior: la suya era de lucha y la nuestra, podría decirse que de conformismo, pero me gusta más como lo define nuestro
profesor y para ello voy a utilizar una cita suya: “Los jóvenes de hoy en día
no quieren cambiar el mundo, se conforman con querer y sentirse queridos […] No
quieren vínculos para toda la vida, ni quieren responsabilidades.” Tal vez este
cambio se deba a que nos hemos encontrado con un mundo fácil, un mundo que nos
abre los brazos, o los abría, nos daba cariño fácil. De pronto, con toda la
situación de crisis económica en la que nos encontramos, nuestro mundo se ha
vuelto hostil y tendremos que aprender a defendernos, a luchar por unos
ideales, en definitiva a recuperar un poco del espíritu revolucionario de
nuestros padres y abuelos. Por otra parte huimos de la palabra compromiso, nos asusta, puedo decir que
yo misma me incluía en este grupo hasta hace relativamente poco tiempo. Un
“para siempre” a mi edad me parecía precipitado e irreal, no entendía el
desafío de comprometerse, ya que nada dura. Hoy por hoy puedo darme cuenta de
que ese es un pensamiento muy de nuestra época, el de “usar y tirar”. He
conseguido entender, a base de unos pocos golpes, que a veces es necesario decir
que sí y decirlo en serio, abandonar el término “usar y tirar”, porque algunas
cosas se hicieron para perdurar para siempre o por lo menos por mucho tiempo. Porque
si queremos luchar por cambiar el mundo, y particularmente a día de hoy yo creo
firmemente que podemos colaborar a ello, hay que aprender a comprometerse.
Comprometerse con una persona, con la causa o simplemente contigo mismo. Está
claro que es más cómodo sentarse a mirar y dejar que te quieran, mirar la vida
pasar como las vacas miran al tren, pero ¿qué te va a quedar de todo eso? ¡Levántate
y lucha por lo que quieres!
Le agradezco al profesor Jaime Nubiola su interés y sus sugerencias de corrección.
