UA-35451630-1

martes, 9 de octubre de 2012

Agobio


“Ruido, coches, bocinas, sirenas, atascos, humo, gente con “millones” de bolsas encima, gente corriendo apresurada hacia el metro, miro sus caras y veo mal humor, casi me dan miedo. Alguien me empuja y estoy a punto de caer al suelo. Intento tranquilizarme, ya sabía a dónde venía, esta es una gran ciudad como otra cualquiera, no importa su nombre, todas son iguales. Me giro y abordo a otra mujer: “Por favor, ¿podría indicarme dónde queda este hotel?” Y por enésima vez la persona ni siquiera se molesta en mirar mi papel, farfulla un: “Tengo mucha prisa” y se va. Y yo me pregunto a dónde tendrá que ir toda esta gente para que no puedan ni responderme.” Imagino que muchos de vosotros os habréis podido sentir identificados con esta situación, así es la sociedad en la que vivimos, apresurada, ruidosa y poco humana.

Y, como he venido observando, una de las válvulas de escape que tienen muchos para aliviar este estrés son las compras. Se divierten comprando cualquier cosa, ropa, muebles, utensilios de cocina (muchos de ellos, todo hay que decirlo, de utilidad dudosa). Da igual que lo necesiten o no, todo se reduce al simple hecho del “placer inmediato de comprar” que yo nunca he llegado a comprender demasiado bien. Sé que me salgo del estereotipo, soy mujer y no, no me gusta comprar. Me aterra que lleguen las rebajas porque mi madre siempre me insta a que vayamos “a ver si hay algo”. Es entrar en cualquier tienda de ropa y ver a miles de mujeres, porque sí, lo reconozco, la mayoría son mujeres, haciendo cola en el probador, en la caja, peleando por una simple camiseta (que seguramente ni les gustará, pero que está más rebajada que el resto) y ya se me pone piel de gallina. Después de varias horas terminas tus compras, llegas a casa y empieza otro gran dilema, el no tengo sitio. Para mí, haciendo balance, los contras superan con creces a los pros, prefiero ir a comprar algo concreto que necesito, acabar rápido e intentar no resultar herida en el proceso.

Otra vía de escape, es internet, tan de moda hoy en día. La red virtual te permite evadirte de la realidad por un rato, conectar con tus amistades y un sinfín de posibilidades más. Pero como todo, hay que saber utilizarlo, ya que creo que todos somos conscientes de las horas que se pueden perder si te pones delante de la pantalla: Podemos empezar por revisar nuestras redes sociales: Tuenti, Facebook, Twitter, Tumblr… hablas un rato con la gente y después te dejas caer por series.ly, por comprobar si ha salido algún capítulo de una de las múltiples series que estás siguiendo, en el caso de que encuentres alguno pasarás unos cuarenta y cinco minutos viéndolo. A todo esto que miras el reloj y ahí empiezan las lamentaciones, es tardísimo y tenías que haber hecho miles de cosas, habías entrado en internet a mirar ADI y descargarte unos archivos y has terminado haciendo de todo menos eso. Ese es uno de los peligros de la red, en mi caso, el que más me afecta.

Y claro, después de pasar tanto tiempo de compras o en internet te das cuenta de que no llegas, así que vas corriendo a coger el metro, te agobias porque llegas tarde y no eres capaz de indicarle el camino a una chica perdida que te pregunta por… ¿por qué te estaba preguntando? Y este es el mayor problema de todos: vivimos absortos en demasiadas cosas a la vez. Algunos viven en el pasado y la mayoría en el futuro más inmediato, pero parece ser que muy poca gente vive realmente en el presente. Vives con la sensación de que no te va a dar tiempo y haces todo atropelladamente de manera que seguro tienes que revisar ese trabajo en un futuro ya que habrás cometido errores y efectivamente no te da tiempo. Te estresas. Si fuésemos paso a paso, primero una actividad y luego otra, dedicándole todo nuestro mimo y atención, viviendo realmente el presente, se solucionarían muchos de los agobios y tal vez así podrías indicarle con una sonrisa que el hotel que busca está al final de la calle.